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domingo, 12 de marzo de 2017

Tornillos sin tuercas

Asenjo representaba el futuro de su empresa. Era creativo, responsable, eficiente, positivo, ágil… Una lista interminable de cualidades para una persona con una capacidad empática muy por encima de la máxima perceptible.

La plantilla estaba formada por once hombres y una sola mujer (Laura), aunque no por mucho tiempo. Un tres de abril, Asenjo despertó con más caderas que el día dos: tenía el pecho desarrollado, no asomaba un solitario vello por sus mejillas y había desaparecido lo que el día anterior sobresalía entre sus piernas. —¡Me he transformado en mujer! —gritó frente al espejo mientras resbalaba por su nariz una gota de sudor precipitándose  al vacío.  En cuanto ésta tocó el suelo, Asenjo ya se había acostumbrado a su nuevo cuerpo y fue a trabajar como siempre.

Cinco horas más tarde de comenzar su jornada, cuando estaba a punto de cerrar un nuevo contrato para su compañía, Asenjo recibió una efusiva carta, firmada por el gerente, con treinta líneas de agradecimiento (idéntica a la de Laura, que buscaba tener su primer hijo). En los dos renglones siguientes, se rompía la igualdad: a Asenjo se le notificaba una bajada de sueldo; a Laura, el despido.





Relato presentado al concurso "Historias por la igualdad", de la Editorial Zenda e Iberdrola.

Mensaje para una náufraga

A las siete, nada más despertarse, escribe una nota para su esposa, la introduce en una botella y la tira al agua -dice que la echa de menos y quiere probar si esta forma de comunicarse con ella le resulta eficaz-.
Mientras se toma un café, lee el periódico, con las tertulias políticas de la tele de fondo. En cuanto desayuna, se viste y se va a trabajar. A mediodía no vuelve a casa -le pilla cerca, pero prefiere comer en el restaurante frente a la oficina-. La jornada de tarde comienza a las cinco y termina a las siete, momento en el que aprovecha para ir a tomarse unas copas al bar de Luis. A las diez, cuando regresa al hogar, encuentra la cama hecha, sus camisas planchadas, la cena lista, la mesa puesta y la botella que por la mañana arrojó a la bañera, con un mensaje para él: “Nunca estuvimos en igualdad de condiciones. Cuando yo trabajaba y tú no, seguí encargándome de las tareas domésticas. Ahora quiero descansar. ¿Se te olvida que me mataste?”.




Relato presentado al concurso "Historias por la igualdad", de la Editorial Zenda e Iberdrola.