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lunes, 26 de junio de 2017

Cuarto relato para Zenda (#historiasconorgullo)

Dos cafés a medias

Nuestra relación era similar a la de una pareja que vive en la distancia y la sobrelleva… Laura estudiaba oposiciones para notaría. Sólo nos veíamos dos veces al mes y  en la cafetería de debajo de su casa.

Desconozco si era por influencia  del ambientador o de la luz tenue, pero nada más entrar en aquel local, se me erizaba el vello desde los pies a la cabeza. Luego, esos labios marcados acariciando la taza para sorber, redoblaban en mi pecho tambores de batucada.  Pero el gesto que me llevaba a perder el control, y subía mi temperatura hasta cifras que no registra ningún termómetro, era el que hacía cuando miraba hacia arriba para estirar el cuello: tenía problemas de cervicales y así intentaba liberar sus vértebras. En ese momento, envidiaba a Drácula. De forma automática, me sobrevenía una erección que no disimulaba ni cruzando las piernas. Laura -mucho más atrevida que yo- se daba cuenta… Sonreía, sacaba unas monedas del bolso y las dejaba sobre la mesa. Con los cafés todavía humeantes, subíamos a su casa para follar. Mientras, mi mente seguía sentada en la cafetería.

Frente a mí, Ana, la hermosa dueña, tomaba un cortado al otro lado de la barra, y no podía apartar mi mirada de ella. Por suerte,  estaba en la misma línea visual que Laura y resultaba imposible que ésta se diera cuenta…

Mi fijación por Ana llegó a ser tal, que me acabé enamorando de ella, aunque nunca fui capaz de decirle nada. Para mí, bastaba con pensar en ella mientras me acostaba con Laura. Para Laura, no: entre semana, después de almorzar, bajaba a tomar un café y se sentaba en la barra.  Ana y ella se hicieron amigas. Ni Laura ni Ana tardaron en decírmelo. Con orgullo.

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