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miércoles, 23 de agosto de 2017

Helados en diciembre

Tiré a la basura todos mis inviernos. Aunque el tiempo no me acompañaba, me deshice del abrigo, del jersey y de los pantalones largos. Me puse unas bermudas, una camiseta de manga corta de Springsteen y salí a la calle. Comenzaba a nevar. Los termómetros marcaban tres bajo cero, pero no tenía frío. 

Caminaba por la Plaza Mayor, intentando cicatrizar el "olvídame" que me dijo al despedirse cuatro meses antes. Nos encontramos bajo los soportales. Desconocía que estaba casada. Su marido llevaba un plumón, una bufanda y un gorro. Ella, un vestido de bambula de tirantes y, en su mano izquierda, un helado de chocolate.

Me alegró saber que también seguía inmersa en el verano.



Relato para #AmoresDeVerano, concurso de Zendalibros.com

Con mucho trabajo

Me escribió una carta y la introdujo en mi maletín sin que me diera cuenta. Al llegar a la fábrica, la descubrí entre los informes que Gómez me había pasado hacía un mes. Cerré la puerta del despacho y comencé a leer…  Sus primeras palabras eran de disculpa por no ser capaz de hablar conmigo cara a cara. A continuación, me confesaba que había conocido a otro hombre. Un hombre diferente: atento, cariñoso, comunicativo y buen amante –tuve que aflojarme la corbata y sentarme sobre el frío suelo del despacho–. Proseguía añadiendo que no se trataba de un amor de verano,  que había vuelto a ver amanecer no por insomnio, a pasear de la mano de un hombre del que estaba enamorada y no sola, a sentirse escuchada, deseada, única…   Me levanté para subir el aire acondicionado. La sensación de sofoco creció como la espuma de la orilla donde ella mojó sus pies junto al tipo que nombraba en la carta –este último pensamiento fue la gota que colmó el vaso de mis emociones–. Le dije a mi secretaria que me iba, que me encontraba fatal.  No recuerdo cómo conduje hasta casa, pero llegué.  Subí a la habitación.  Me topé con ella –tenía turno de tarde–  e hicimos el amor sin decirnos nada que no comunicasen nuestros besos. Después, sabiendo que los abuelos estaban a punto de llegar para traernos de vuelta a los niños, le prometí que, aunque para mí suponía una enorme decepción, pensaba sobreponerme a ese día. Y que este año me comportaría como su amante, el de las vacaciones que terminaron ayer: mi otro yo.


Relato para #AmoresDeVerano, concurso de Zendalibros.com

La muerte de Padre

Madre y Padre se llevaban mal, yo diría que desde siempre. Cuando a Padre le dio el infarto, Madre pidió que le hicieran una autopsia y nos permitieran estar como testigos. El forense hizo un corte profundo entre sus costillas, introdujo las manos y extrajo su corazón. Lo miró con detenimiento durante unos minutos. Luego, lo abrió por la mitad. De allí salió mi hermano pequeño, vivo, aunque no por mucho tiempo. Eso sí, en esta ocasión, al contrario que cuando el accidente de coche, pudimos despedirnos de él mientras se diluía entre las nubes surgidas del vapor de nuestro llanto.

Más tarde, para mayor sorpresa de todos, salió una mujer. Era Madre, cuando Padre se enamoró de ella aquel verano.




Relato para #AmoresDeVerano, concurso de Zendalibros.com

martes, 15 de agosto de 2017

Robinsones

Falta una hora para amanecer. Después de cinco días a la deriva sobre un tablón de madera,  la pareja de náufragos llega a una playa desierta. En la misma orilla, extenuados, se tienden, se abrazan.  Se quedan dormidos con la espuma de las olas mojando sus piernas. A mediodía, baja la marea. Es domingo. Despiertan completamente secos, rodeados de sombrillas y niños corriendo y salpicando arena. Tampoco es ésta su isla.


Ganador semanal en el concurso "Relatos con banda sonora", de La Ventana (Cadena SER).

http://cadenaser.com/programa/2017/08/14/la_ventana/1502731288_881556.html

domingo, 6 de agosto de 2017

Fundas para un viaje

Siempre he tenido como misión proteger a mi hija... Comencé siendo la funda de sus gafas: cuando eres niño, la vida entra por los ojos y va directa al corazón, y tenía que impedir que le llegase con arañazos o roturas...

Conforme fue creciendo, supe que no podía apartar todas las piedras de su camino, así que me transformé en funda para sus dientes. De esa forma pude ayudarla a masticar sus primeros sinsabores y, luego, a digerirlos...

Con los años, perfeccioné mi técnica... Cuando la veía cansada o nerviosa, me convertía en funda de colchón o sofá, dependiendo de su estado de ánimo... Y desde que se extendió el uso de las redes sociales -y sus peligros- he sido, en algunas ocasiones, la funda de su móvil. 

Ahora, mi hija es una mujer. Yo soy funda de guitarra. Pronto se irá con sus acordes, pero no me quedaré vacía: tengo grabada su música.




Relato presentado a "Esta noche te cuento". Tema: Viajeros y viajantes.

http://estanochetecuento.com/fundas-para-un-viaje-gabriel-perez/